Comprobado: ser feliz adelgaza
Lo que nos engorda es la vida
Nutrición emocional
Y no sólo eso. Los sentimientos negativos, como la ansiedad, nos ayudan a ganar peso. Por fin los médicos se dan cuenta de que las dietas tristes no funcionan: ¿dejarán de hacernos sufrir?
Texto: Sonia Fornieles y Vis Molina / Fotos: Antonio Terrón
“Lo que nos engorda es la vida”.
En esta afirmación tan clara y tajante de la doctora Pilar Senpau, en realidad se encierran cientos de estudios sobre la relación entre nuestras emociones o sentimientos y sobre la forma en la que nos alimentamos, con sus inevitables consecuencias en el caso de hacerlo mal: sobrepeso, trastornos alimentarios, déficits vitamínicos...
Según esta misma experta, se ha demostrado científicamente que la ansiedad engorda. Hay personas que sin aumentar su ingesta de alimentos notan que empiezan a coger kilos y que ese cambio coincide con una etapa de preocupaciones,
que desemboca en un estado de estrés prolongado. “Esa relación es evidente, porque las personas somos alma y cuerpo, somos un todo, de modo que cualquier cosa que afecte a nuestra psique repercutirá también en nuestro cuerpo y a la inversa. El peso forma parte de nuestro físico, así que todo lo que nos ocurra, negativo o positivo, se refleja en él.
Nuestro organismo está preparado para hacer frente al estrés agudo, y la adrenalina que segregamos ante situaciones traumáticas no nos causa problemas. Lo que sí acaba por dañarnos es soportar una situación de ansiedad prolongada, pues en ese caso segregamos unas sustancias que alteran la absorción de los alimentos y producen una necesidad constante de ingerir azúcares. Así, cuando saqueamos la nevera a las seis de la tarde, lo hacemos porque nuestro cerebro necesita glucosa para seguir funcionando”, explica Senpau. Al haber más azúcares en sangre, nuestro organismo los absorbe a más velocidad y se acaban transformando en grasa. Es en este punto cuando comienza a cerrarse un círculo muy peligroso.
Cuanta más ansiedad, más kilos
¿Qué nos pasa cuando notamos que hemos engordado? No nos sentimos a gusto, nuestra autoestima se resiente, la ropa no nos sienta bien (porque nos está pequeña) y, en el 90% de las ocasiones, nos negamos a pronunciar la frase maldita: “¿Me puedes traer una talla más?”. Esta situación nos provoca más ansiedad aún y se produce un conflicto que la doctora Monserrat Folch (licenciada en Medicina y Cirugía, y especialista en Dietética de la clínica Teknon) define a la perfección: “¿Qué necesitamos en ese momento?, ¿un endocrino para bajar de peso o un psicólogo que nos ayude a canalizar la ansiedad?
Si comenzamosuna dieta de adelgazamiento, hay que tener claro qué nos ha hecho engordar, y si llegamos a la conclusión de que es culpa del estrés o la ansiedad, hay que tratar primero eso”. La decisión de enfrentarnos a un menú hipocalórico cada día es también una fuente de ansiedad, y ya van tres: la que nos ha hecho engordar, la que se ha producido al comprobar que hemos cogido peso y la que nos genera saber que vamos a tener que empezar a comer menos. ¿Qué hacer entonces? Intentar reducir el nivel de nerviosismo, de intranquilidad. Hay prácticas que ayudan a ello, como el yoga, control mental, taichi, acupuntura... Por otra parte, la doctora Senpau recomienda también jugar con los olores de la comida para conseguirlo: “El olfato es un sentido que va directamente al centro de las emociones, cosa que no ocurre con el tacto. Hay olores que disminuyen la ansiedad, como por ejemplo el de las manzanas. Esto se comprobó en un estudio realizado en Estados Unidos con once mil personas, y se pudo ver que a todas ellas, sin excepción, les bajaba la tensión arterial medio punto cuando aspiraban el aroma de unas manzanas. El segundo olor que descubrieron como ‘calmante’ fue el de la canela, y el tercero, el de la lavanda”. Cuando la ansiedad disminuye, pensamos con más claridad y podemos racionalizar nuestro comportamiento. Pues bien, empecemos por la conducta que tenemos ante la comida. Lo primero que hay que valorar ante el deseo de asaltar la nevera es: “¿Tengo hambre o sólo ganas de comer?”.
Puede parecer una tontería, pero no lo es. Sé sincera, pues ésta es la única forma de ignorar el hambre por estrés, que es lo mismo que las ganas de comer.
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