Un beso lo cura todo
Qué me pasa
Juntar los labios con los de otra persona es más que una señal
de afecto: este gesto, que genera placer y beneficios casi infinitos, puede considerarse una de las medicinas más completas
Una mirada, dos rostros que se acercan, cada vez más... dos mejillas que se rozan, un pequeño giro y... y dos labios temblorosos, que ya sólo quieren ser uno... y sentirse, y fundirse, y saborearse... y que con apenas unos centímetros de piel logran estremecer el cuerpo entero. Es el beso, el rey de la seducción, el as de ese juego psicológico que hacemos nuestro cuando queremos despertar el deseo en los demás, atraer su atención, mostrarnos interesantes y, por encima de todo, agradar. La finalidad de la seducción no es otra que establecer una relación con aquel a quien se quiere conquistar; es una invitación, el permiso para que se produzca un acercamiento. Y está claro: en ese apasionante toma y daca, el beso se erige con todos los honores.
Pero besar va más allá de seducir: existe una amplia documentación científica que demuestra la infinidad de beneficios de juntar los labios con los de la persona amada. En primer lugar, cuando se besa, se estimula una parte del cerebro que libera de forma automática oxitocina, una hormona relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal, que actúa también como neurotransmisor en el cerebro e influye en funciones vitales como el orgasmo, el parto o el amamantamiento; de ahí que se asocie habitualmente con la afectividad, la ternura y el acto de tocar. Y, con esta sustancia campando a sus anchas por el torrente sanguíneo, nos invade una inmediata e intuitiva sensación de placer. Así, ¿por qué necesitamos besar y que nos besen? ¿Por qué los besos son capaces de curar todas las heridas? Pues porque con este gesto no sólo se libera oxitocina, sino también endorfinas, que implican placer, bienestar, optimismo, entusiasmo, satisfacción y plenitud.
Conclusión: cuanto más excitantes sean los besos, mejor le sientan a nuestro organismo, ya que se libera adrenalina en la sangre, aumentan el ritmo cardiaco y la tensión arterial, baja la tasa de colesterol y se intercambian bacterias que refuerzan el sistema inmunológico. Es decir, se desencadena una tormenta biológica y hormonal, imprescindible para facilitar una existencia placentera y en armonía.
Pero, ¿cómo saber si estoy besando al príncipe azul o si me encuentro ante una ‘rana’? Hay estudios científicos que apuntan a algo más que la intuición para saber si tenemos ante nuestros labios la boca correcta. La “química”, pues, existe: la neurocientífica Wendy Hill, investigadora del Lafayette College de Pensilvania, asegura que en la saliva de ese momento podemos encontrar sustancias que serán de gran ayuda para evaluar si la pareja que estamos besando es la idónea. Según Hill, si nos encontramos ante nuestro ‘príncipe de cuento’, se reducen los niveles de cortisol y la hormona del estrés.
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