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El síndrome de la mujer esponja

El síndrome de la mujer esponja

¿Incapaz de decir que no cuando un compañero te pide ayuda? ¿Has llorado en el telediario ante un desastre natural? ¿Te has quedado sin dormir porque tu vecina no llega a fin de mes? Si eres capaz de absorber tantos problemas, ten cuidado: podrías ser una víctima

Texto: Ana Bermejillo
mujer esponja

Muchas mujeres (sí: hablamos de un mal típicamente femenino) padecen lo que algunos psicólogos llaman “síndrome de la mujer esponja”, o “hiperperceptividad”. Es una forma de denominar a aquellas personas a las que les cuesta decir “no” o que tienen tan “alta empatía” con los demás que somatizan sus problemas, los problemas de los que les rodean... y los del mundo en general. Ellas se suelen escudar en su alta sensibilidad, y probablemente lo son, pero en el fondo esconden una falta de madurez: no saben poner una barrera entre el problema y su corazón. Las ‘mujeres esponja’ no tienen una patología, pero sí una forma de comportarse que les hace sufrir, por lo que les conviene mejorar. ¿Podrías ser tú?, ¿tu madre?, ¿tu cuñada? Existe una señal clara para reconocerlas: “Suelen ‘apropiarse’ de los problemas de los demás y sufren tanto o más que los auténticos protagonistas –explica la doctora María López de Pablos, de Cite Psicólogos–. Quienes sufren este desorden de ansiedad tienen una gran facilidad para preocuparse por muchas cosas y mucha dificultad para controlar esas preocupaciones”. Es como si siempre hubiera algo por lo que inquietarse: pequeños problemas en los estudios de los hijos, algunas rencillas en el trabajo, diferencias normales en la relación de pareja que parecen anunciar rupturas terminantes... El desenlace fatal de cualquier dificultad siempre parece inminente, y si no lo es, se dedican a trabajar para que no ocurra”.
En su obra Transforma el vinagre en miel (Ed. Zenith), el psicólogo Ron Leifer apunta a que tienen “una mente ocupada parecida a la del escáner de la policía, va de una comisaría a otra hasta que encuentra algo interesante, casi siempre un problema (...). La mente hiperperceptiva creará problemas si no puede encontrar ninguno y reaccionará emocionalmente a través de la ansiedad, la ira o la depresión, como si los problemas existieran realmente”.
“Analicemos a qué nos conduce hundirnos emocionalmente, desgarrarnos ante lo que pasa, sobre todo cuando no tenemos el control de esas circunstancias externas –apunta la psicóloga y escritora María Jesús Alava en La inutilidad del sufrimiento (Ed. La Esfera de los Libros)–. Hay que saber qué adelantamos machacándonos al comprobar que la vida es injusta, que hay niños que siguen sufriendo hambre y calamidades, personas que padecen regímenes dictatoriales, jefes que actúan como si no tuvieran sentimientos, trabajadores que pretenden escalar posiciones pisando a sus compañeros. No se trata de ser insensibles, sino de ser eficaces, comprendiendo que no somos dioses, para actuar con racionalidad y con todo el empeño para el que nuestra sensibilidad nos faculta”. Demasiado conscientes de su entorno, estas mujeres somatizan los problemas que afectan a los demás, pero son incapaces de resolver los propios sin ayuda. Mientras tanto, se quedan paralizadas en el dolor. Es “bueno” ser empática y sensible y poder conmoverse y sentirse impelida a actuar, pero, según coinciden todos los psicólogos, es insano no saber mantener la distancia esencial que preserva ese sosiego íntimo.

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