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Despacito, despacito

Nada de prisas

Texto: Ana Bermejillo. Foto: María de Miguel.

El ya existente movimiento slow food, que abogaba por el placer y disfrute de la comida, saltó del mantel a las sábanas en la ciudad italiana de Bra en el 2002. El fundador de este slow sex, Alberto Vitale, aseguró que, puestos a tomarse las cosas con más calma, el mejor lugar para empezar era la cama: “Escuchad las conversaciones masculinas. Todo es cuestión de cifras: de mujeres, de veces, de posturas... siempre cifras”. Que nos hayamos puesto a trasladar nuestra actividad sexual a figuras estadísticas ya es mal asunto. Y así, Vitale acuñó este movimiento por la recuperación de la lujuria que, etimológicamente, significa ‘abundancia, exuberancia, lujo’... nada que ver con las prisas. No es de extrañar que, en pleno trajín genital, las italianas no giman “más, más” –al estilo español– sino “ancora, ancora” –“todavía, todavía”–.
Porque el slow sex no huye del ardor, todo lo contrario, defiende que la pasión dosificada es más placentera. Y que esta deceleración erótica puede convertir el acto sexual en una fuente de salud, iluminación, felicidad y longevidad. Y eso lo dice gente tan seria y tan leída como Val Sampsonm, autora de El libro del placer total (Ediciones Robinbook). Se trata, apostilla la filósofa y especialista en tantrismo Doha Kahn, de entender la sexualidad no como una posesión, sino como un camino de aproximación al otro.
¿Quieres probar a qué sabe y cuánto dura este sexo a paso lento? Basta con que te lo tomes con calma y escuches lo que demandan tus sentidos. En una sociedad que focaliza la sexualidad en los órganos genitales, dice el sexólogo y psiquiatra canadiense Michel Lemay, “es esencial apelar a todos los sentidos...”

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