Especial San Valentín
Los amos de la casa
Texto: Ana Bermejillo. Estilismo: Carlota Sánchez
Si a la emancipación femenina sumamos el creciente número de autónomos y unas cifras de paro masculino en ascenso, podemos llegar a una circunstancia, todavía inusual en España, que es corriente en otros países:?cuando son ellos los que trabajan en el hogar. Durante el primer semestre de 2002, en una Argentina en plena recesión, unos 200.000 varones perdieron su empleo en Buenos Aires. De ellos, un 65% se reinventó como ‘amos de casa’. La vergüenza y la tendencia a la depresión fueron corrientes entre ellos al principio, según analizó la psicóloga Haydée Toronchik, que explica: “Como el trabajo doméstico ha sido históricamente descalificado, cuando los hombres se ocupan de él, heredan esa descalificación. Por lo general se desencadena una crisis que conduce a la readaptación”. La flexibilidad es la clave. Por ella aboga Luis, plenamente satisfecho de trabajar en casa, quien decidió renunciar a su carrera como representante y hacerle para siempre una verónica a los malos horarios para ocuparse de su hija. Y lo hizo, como subraya su pareja,“por amor: a mí y a la familia”.
Otra tendencia que gana adeptos es la modalidad de relación que se denomina con un acrónimo: LAT (Living Apart Together), y que consiste en compartir afectos, intereses e incluso, en algunos casos, descendencia, pero no domicilio conyugal. Literalmente, “vivir separados estando juntos”. Es la opción que, según la agencia de contactos Parship, prefiere el 18% de los solteros españoles. “Para nosotros –apunta Vittorio, consultor en una empresa de telecomunicaciones, al borde de los 40 e inmerso en una relación LAT desde hace dos años–, no se trata de evitar la cara de recién levantados, porque dormimos juntos hasta cuatro veces por semana, ni tampoco de escaquearnos en las rencillas domésticas, porque le pongo la lavadora o ella me ayuda con la compra; lo que importa es hacer sentir a la otra persona que la tenemos al lado porque nos apetece y cuando nos apetece”. Su pareja, Susana, que trabaja en publicidad, explica: “Él tiene copia de las llaves de mi casa y yo de la suya, y aun así siempre llama al telefonillo. Tenemos dos espacios de intimidad, un escenario más rico, y si queremos estar solos, contamos con más margen para no pisarnos”.
Los ámbitos propios son importantes y puede ocurrir, como sucede para Valentina y Gustavo, que se definen como “contrarios” (él es 15 años mayor y mucho más introvertido) que sean precisamente las diferencias de su carácter lo que más admiran de su pareja. ¿Son los hombres más sensibles que antes?, les preguntamos.?“El problema con este adjetivo ­–explica Gustavo–, es que se utiliza mal. ¿Es más sensible quien llora con La Casa de la Pradera, o el guerrillero que mata a su compañero herido para que no lo torturen?”.
“El requisito del amor duradero es seguir prestando atención a una persona que conocemos bien –defiende Sergio Sinay, felizmente casado desde hace 16 años, en El buen amor (ed. RBA)–, todo lo contrario de dar algo por sentado”. Monografías como Vivir bien en pareja, de M. Helena Feliú (ed. Plataforma) explican qué hacer cuando, con los años, el desencanto se instala en nuestra vida amorosa. Según Sinay, “son las diferencias las que nutren a un amor fecundo... ¿No es lo que el amado tiene de distinto lo que hace del amor una experiencia de conocimiento?”. Y anota: “Ternura, intuición, receptividad... son cualidades de las personas, no de los diferentes sexos”.
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